jueves 4 de agosto de 2011

Retorno


La nave inició el descenso. Dentro, el astronauta esbozaba una sonrisa a pesar de las fuertes vibraciones provocadas por la fricción con la atmósfera terrestre. Al fin volvía a casa. Había sido tan duro... Dos años interminables en una soledad absoluta. Meses y meses surcando el espacio atrapado en esta nave diminuta y sólo tres semanas afuera recogiendo pruebas en la superficie de ese salvaje y podrido planeta rojo. Pero todo eso estaba a punto de acabar.

Tras un fuerte golpe la escotilla se abrió lentamente emitiendo un silbido. El astronauta, conteniendo a duras penas la emoción, sacó la cabeza por el estrecho agujero y abrió los ojos al hogar que tanto había añorado... El golpe fue demasiado inesperado, absolutamente brutal. Estaba petrificado, su rostro congelado en un rictus de asombro y desesperación. ¿Qué era todo esto? ¿Dónde estaba?

No era posible, no... La realidad que se reflejaba en sus ojos era demasiado atroz, demasiado inconcebible. El mismo desierto yermo y rojizo. La misma desolación y falta de vida. El mismo silencio. Había vuelto a Marte... ¿Pero cómo...? Un aire sucio y ponzoñoso entraba mientras tanto en su cuerpo y se aplicaba a la tarea de roer sus pulmones y envenenar su sangre. Poco importaba ya; su mente era un simple amasijo de ideas inconexas, devorada por completo por esta sinrazón.

Él nunca lo supo pero el mundo que dejó atrás, su mundo, ya no existía. Los dioses de la guerra despertaron una vez más, la última. Furiosos lanzaron un grito desgarrado y abrasador que se escuchó en cada rincón de la Tierra, destruyendo todo rastro de vida, retorciendo y calcinando cada centímetro de su superficie. Sólo quedaba un testigo para contarlo: este silencio aterrador.