
Siendo niño, en la playa, recuerdo un juego que me encantaba y que prefiguraba toda mi vida: con la marea alta, hacía un reguero en la arena, y de pronto el mar irrumpía en el camino que le había trazado con tal violencia que destruía a su paso mis castillos de guijas y mis diques de barro; arramblaba con todo, lo destrozaba todo y desaparecía dejándome con el corazón encogido y sin coraje para quejarme, porque lo único que había hecho era acudir a mi llamada. Lo mismo ocurre con el amor. Le haces un gesto, le trazas un camino. Llega la ola, tan distinta de lo que imaginabas, tan salada y tan fría, y estalla contra tu corazón.
Irène Némirovsky (El ardor de la sangre; 1941)
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