lunes 10 de octubre de 2011

Amor (y II)


Siendo niño, en la playa, recuerdo un juego que me encantaba y que prefiguraba toda mi vida: con la marea alta, hacía un reguero en la arena, y de pronto el mar irrumpía en el camino que le había trazado con tal violencia que destruía a su paso mis castillos de guijas y mis diques de barro; arramblaba con todo, lo destrozaba todo y desaparecía dejándome con el corazón encogido y sin coraje para quejarme, porque lo único que había hecho era acudir a mi llamada. Lo mismo ocurre con el amor. Le haces un gesto, le trazas un camino. Llega la ola, tan distinta de lo que imaginabas, tan salada y tan fría, y estalla contra tu corazón.


Irène Némirovsky (El ardor de la sangre; 1941)

sábado 27 de agosto de 2011

Amor (I)


—Flores, qué bonito. Tus ligues nunca te envían flores.

—Les pido que no.

—Me muero de ganas de oír esto.

—Es que... bueno, ¿por qué cuando vemos algo bello, queremos poseerlo? Acabamos matándolo, destruyendo la belleza que nos hizo desearlo en primer lugar.

—¡Insensata! ¡Ése es precisamente el objetivo de las relaciones sentimentales!


Kyle Baker (Por qué odio Saturno; 1990)

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—Lo que digo es que no entiendo qué puede ver una mujer en un tipo que es un mentiroso y un falso, sabiéndolo ella muy bien.

—Lo más probable es que, en general, no le guste la gente mentirosa y falsa —dijo Denise—. Pero está enamorada de ese hombre, y con él hace una excepción.

—O sea que es una especie de autoengaño.

—No, Gary, es así como funciona el amor.


Jonathan Franzen (Las correcciones; 2001)

jueves 4 de agosto de 2011

Retorno


La nave inició el descenso. Dentro, el astronauta esbozaba una sonrisa a pesar de las fuertes vibraciones provocadas por la fricción con la atmósfera terrestre. Al fin volvía a casa. Había sido tan duro... Dos años interminables en una soledad absoluta. Meses y meses surcando el espacio atrapado en esta nave diminuta y sólo tres semanas afuera recogiendo pruebas en la superficie de ese salvaje y podrido planeta rojo. Pero todo eso estaba a punto de acabar.

Tras un fuerte golpe la escotilla se abrió lentamente emitiendo un silbido. El astronauta, conteniendo a duras penas la emoción, sacó la cabeza por el estrecho agujero y abrió los ojos al hogar que tanto había añorado... El golpe fue demasiado inesperado, absolutamente brutal. Estaba petrificado, su rostro congelado en un rictus de asombro y desesperación. ¿Qué era todo esto? ¿Dónde estaba?

No era posible, no... La realidad que se reflejaba en sus ojos era demasiado atroz, demasiado inconcebible. El mismo desierto yermo y rojizo. La misma desolación y falta de vida. El mismo silencio. Había vuelto a Marte... ¿Pero cómo...? Un aire sucio y ponzoñoso entraba mientras tanto en su cuerpo y se aplicaba a la tarea de roer sus pulmones y envenenar su sangre. Poco importaba ya; su mente era un simple amasijo de ideas inconexas, devorada por completo por esta sinrazón.

Él nunca lo supo pero el mundo que dejó atrás, su mundo, ya no existía. Los dioses de la guerra despertaron una vez más, la última. Furiosos lanzaron un grito desgarrado y abrasador que se escuchó en cada rincón de la Tierra, destruyendo todo rastro de vida, retorciendo y calcinando cada centímetro de su superficie. Sólo quedaba un testigo para contarlo: este silencio aterrador.

viernes 1 de julio de 2011

Como una hoja


Como una hoja. Arrastrada por el viento en cualquier dirección. Rehén de fuerzas que desconoce. Esclava sin voluntad. Así me siento yo.

Como una hoja. Sujeta a remolinos y corrientes. Marioneta de fuerzas malévolas sin sentido. Presa en una red de lógica irracional. Así me siento yo.

Y qué fácil era todo cuando era simplemente un brote minúsculo. Un después previsible, un antes comprensible. Una realidad amable que se dejaba acariciar.

¿En qué momento? ¿Cuándo cambió? ¿Cuándo se convirtió en un ser monstruoso, retorcido? Pierde su verdor y el mundo se vuelve gris. Soledad, asfixiante soledad.

Y reposar entre desechos. Sumirse en la oscuridad, abrazar un humus en descomposición. No hay sol, no hay ya calor. Sólo un silencio atroz.

La humedad constante, el frío nocturno. Días sin orden unos detrás de otros. Iguales. Terribles. Y mi cuerpo se transforma en un caparazón. Hueco, vacío.

Pero aún me aguarda lo peor. El viento y la desesperación. La macabra danza al son de una canción absurda, inaudible. Volar sin alas, sin alma.

Y así transcurren mis días. Así se desgarra mi razón. Sometida al capricho de unos dioses dementes. Atrapada en un juego sin juez, sin reglas. Sin final.

Como una hoja. Arrastrado por mi mente en cualquier dirección. Esclavo sin voluntad. Así soy yo.

domingo 5 de junio de 2011

Princesa


Es su momento favorito del día. La princesa, algo desaliñada, sale a pasear por su pequeño reino. Los fieles súbditos acuden a su llamada y se postran ante su belleza. Ella no quiere eso. Lo que le gusta de ellos son sus hocicos húmedos y la forma que tienen de hacerle cosquillas en los dedos al respirar. Le encanta ver cómo, juguetones, se empujan unos a otros para llegar hasta ella. Siempre le hacen reír. Y su risa alegre, como rocío primaveral, transforma ese reino sucio y gris en un paraíso multicolor. Ella es así.

martes 31 de mayo de 2011

Viaje a las estrellas


Abrió la puerta lentamente y entró en la habitación. Todo estaba en penumbra, sólo la pálida luz de la luna se atrevía a entrar por el cristal. Allí, justo enfrente de la ventana, una vieja mecedora se movía rítmicamente. El sonido de los mimbres retorciéndose era lo único que rompía el silencio. Algo cohibido, dio unas pasos hacia ella.

A medida que se acercaba iba descubriendo sus rasgos, iluminados por esa palidez mortecina. El pelo ralo y ligeramente despeinado era de un blanco inmaculado. Sus manos nudosas y envejecidas, se agarraban con fuerza a la mecedora. Pudo imaginar también su pequeño cuerpo bajo todas esas mantas. Y por fin su rostro, tan familiar, tan extraño. Esa piel curtida y arrugada formando un mapa de infinitas cordilleras. Esa sonrisa tranquila congelada en el tiempo, inmutable. Y esos ojos blancos, casi ciegos, clavados en el cielo nocturno.

Se detuvo ante ella, mirando hipnotizado el rítmico oscilar. Esa mujer devorada por el tiempo y la espera era aún su madre. Lo era, aunque su mente hubiera huido, rumbo a las lejanas estrellas, buscando al hombre que amó y que un día se embarcó en un viaje que no tendría fin. Años y años de silenciosa espera la consumieron, mirando un cielo y unas estrellas que le arrebataron aquello que más quería y que nunca perdió la esperanza de volver a recuperar.

viernes 20 de mayo de 2011

El muro


Apoyo mi rostro contra el cristal y siento su frío tacto en mi piel. Su inmensidad inabarcable me ahoga, me estrangula. Muro infinito que divides la realidad. A este lado, el mundo que merece la pena salvaguardar. Más allá...

Mi aliento empaña el cristal, difuminando las figuras que se arrastran al otro lado. ¿Quiénes sois? Fantasmas grises de espalda curvada, que caminan infatigables. Caravanas infinitas en busca de un oasis que no encontrarán.

Las ciudades son ahora castillos impenetrables, sin una puerta que cruzar. Grandes cúpulas de cristal protegen a sus habitantes. A los que están fuera les llaman demonios, la causa de todo mal. Desde aquí sólo parecen personas, nada más.

Limpio la condensación y apareces tú. Un rostro sucio, infantil, con unos ojos negros como abismos que parecen no tener final. Me miras fijamente y apoyas tímida tu pequeña mano en el cristal. Casi la puedo notar.

El tiempo se detiene y sólo existen nuestras manos, separadas por este muro de cristal... Tras una eternidad te mueves y acercas tu rostro al muro. Tu aliento lo cubre y todo se vuelve gris. Un dedo surge entonces, tembloroso, y dibuja en el vaho un corazón. Cuando me doy cuenta estás ya lejos, tu figura desaparece en ese mar de almas perdidas que caminan incansables buscando un hogar.

sábado 2 de abril de 2011

Héroes


Este problema siempre surge cuando a alguien se le atribuye categoría de héroe: para conservarlo puro tenemos que hacerlo idiota. El mundo se basa en el compromiso y la incertidumbre, y un sitio así es demasiado complejo para que en él prosperen los héroes.


Bernard Beckett (Génesis; 2009)

viernes 18 de marzo de 2011

Una copa de vino


—El amor romántico es un invento de los poderosos para evitar revoluciones; así tenemos algo inofensivo a lo que dedicar nuestros esfuerzos.

Mientras dices estas palabras, te inclinas sobre mí y dejas despreocupada tu copa de vino sobre mi mesilla. El líquido se mueve violentamente de un lado a otro, como si fuera parte de tu argumento, como si te apoyara totalmente convencido. Y yo me siento una vez más intimidado por tus grandes ojos oscuros, por tus labios fruncidos, por la expresión de seguridad de tu bello rostro. Pero sobre todo por ese vino rojo que no para de moverse.

—No me mires así querido, sabes bien que tengo razón. Espera un momento... ¿no me irás a decir que estás enamorado de mí? —y tu fuerte risa llena la pequeña habitación del motel.

¿Enamorado? No es que sea muy hábil con esto de las palabras, pero sí sé que cuando tú me llamas, yo acudo. Simplemente. Y es que ese cuerpo desnudo que está a menos de un centímetro del mío es como un templo al que peregrino siempre con la misma mezcla de devoción y temor. Incluso ahora, sudoroso y cansado, tiemblo al ver tus pechos moverse al compás de tu risa. Y todo el vello de mi cuerpo se eriza si me rozas siquiera un instante, como ahora al coger de nuevo tu copa.

—Eres adorable. Una auténtica especie en extinción. A veces me parece imposible que quede alguien como tú. Si no te conociera, creo que me moriría de aburrimiento.

Me lanzas una mirada provocativa y bebes un gran sorbo de tu copa. Sigues hablando, pero yo sólo puedo prestar atención a esa gota de vino que ha escapado de tus labios y cae suavemente por tu pequeña barbilla, coge velocidad al llegar al cuello y emprende una marcha dolorosamente lenta al tocar uno de tus firmes pechos para, tras una eternidad, acabar rozando delicadamente la aureola de tu pezón. Ardo de deseo mientras recorro con la vista el camino que ha dejado marcado esa pequeña gota en tu piel tan blanca.

—A veces me parece que no me escuchas. Serás malo... te gusta hacerme sufrir ¿eh? —y haces un mohín como si estuvieras ofendida—. Bueno, me tengo que ir ya cielo. Sabes que me gustaría quedarme toda la noche, pero tengo un marido al que le gusta demasiado hacer preguntas impertinentes.

Me das un rápido beso en los labios, te levantas de un salto y vas al baño. La copa queda, casi vacía, sobre la cama. Mientras cantas algo que no soy capaz de identificar, la copa cae y derrama el resto de su contenido sobre las sábanas. La mancha oscura se va haciendo poco a poco más grande y siento de repente mucho frío. Me preguntas algo desde el baño, pero no consigo entenderte. La copa vacía, la mancha granate y este frío. Sólo eso parece tener ahora mismo sentido.

martes 15 de marzo de 2011

He escrito tu nombre


He escrito tu nombre
le he hecho mil versos
lo he escrito en el cielo
y han caído truenos
lo he escrito en el aire
y se lo ha llevado el viento
lo he escrito en la roca
y se ha quedado solo.

Son sólo tres letras
y tan difícil el pronunciarlas
son sólo tres letras
y escribirlas tan complicado
son sólo tres letras
y de ellas, poemas naciendo
como flores en las aceras.

He escrito tu nombre en la arena
y se ha convertido en agua
lo he escrito en el mar
y se ha convertido en peces
lo escribí en mi vientre
y se pasea por mi sangre
haciendo que no te olvide
lo he escrito en mi guitarra
y han salido canciones llamándote
lo he escrito en el bigote
del director del banco
y hasta parecía que se reía
lo he escrito en la nariz de Mortadelo
y se ha convertido en alcachofa
lo he escrito en un avión
y se ha convertido en pájaro
y salió en busca de su bandada
para contarlo
lo he escrito en la porra del policía
y se ha convertido en una salchicha.

Todo esto es cierto
más cierto que el polvo que pisamos
me sucedió mientras soñaba,
sueño con lo ojos abiertos
y los tuyos delante.

miércoles 23 de febrero de 2011

Hola


Una habitación a oscuras rota sólo por la palpitante luz de un viejo monitor. Un café a medias y los papeles arrugados de unos caramelos junto al teclado gris. Un hombre en pijama recostado en una silla de oficina desvencijada mueve su mano incansable sobre el ratón mientras su rostro aburrido apenas parpadea, fijo en la pantalla. Un sonido, como una campanilla, resuena en los altavoces y una pequeña ventana emerge en el ángulo inferior de su visión. Curiosidad, un leve estremecimiento en su cuerpo, un casi imperceptible movimiento de su entrecejo. El siempre excitante descubrimiento del otro, cuatro letras en la pantalla:

Hola.

El ruido de un rápido tecleo llena la pequeña habitación. El hombre se incorpora y su rostro hasta hace un momento inexpresivo se llena de color. Una leve sonrisa se adivina en sus labios y sus ojos chispean mientras pasan del teclado al monitor. Afuera la ciudad dormida parece también revivir y el sonido de la sirena de una ambulancia rompe el silencio. El hombre no la escucha, su mente está centrada únicamente en esta conversación. El altavoz repite una y otra vez el mismo sonido, y él lo acompaña en cada ocasión con una sonrisa mayor. Sus dedos se deslizan ágiles sobre el teclado:

Sabes que eres única, especial, que eres muy importante para mí...

Esperanza, impaciencia, deseo, temor, bailan en unos ojos clavados fijamente en el monitor. No existe ahora mismo nada más. Todo su cuerpo permanece en tensión, apoyado ligeramente en la mesa. Esperanza de recibir la respuesta que ha imaginado tantas veces en su mente. Impaciencia por no ver aparecer aún esos pequeños caracteres arrastrándose por la pantalla. Deseo por un ser lejano apenas vislumbrado, que siente más cercano y necesario que cualquiera de su entorno. Temor a recibir una respuesta fría, a ser rechazado. Una sola imagen dando vueltas en sus pensamientos, la de esa mujer imposible que ha fabricado con tanto esmero, que ha ido tejiendo con los retazos de sus sueños adolescentes incumplidos y años atrás desechados.

Eres encantador... Tú también eres muy importante para mí.

Una habitación a oscuras iluminada ahora por la luz de un ser invencible, eterno. Un hombre como un gigante. El inigualable placer de sentirse amado. El incomparable bienestar de saberse especial para otro. Y un rincón anónimo e insignificante que pasa a ser el centro del universo, con fuerzas primitivas y titánicas desatadas en su interior. El milagro de dos personas lejanas y extrañas que se tocan por un instante. La distancia, las barreras, la lógica y el pensamiento rotos por unos seres que buscan la luz en un mundo de tinieblas perpetuas, que necesitan creer que detrás de unos simples caracteres pueden esconderse sus sueños más íntimos y secretos.

jueves 17 de febrero de 2011

Agua y fuego


Las olas golpean el costado de mi barca, suave pero metódicamente, una tras otra en un baile sin fin. La embarcación cabecea y acuna mi cuerpo, sumergiendo mi mente en un confuso estado de irrealidad. Mis ojos entornados intentan escapar de una luz que lo invade todo, de un sol despótico que impone su ley en éste, su reino. Estoy suspendido en el aire, entre un mar infinito de un azul brillante, como un espejo, y un cielo de un azul desvaído, como una tela gastada por años y años teniendo que soportar este sol implacable. Miro mi cuerpo unos segundos y casi no me reconozco: puedo ver unos brazos y piernas de un color granate intenso entre jirones de piel marchita; también unas ropas de lino de un blanco cegador que en nada recuerdan a las que me puse hace ya tantos días. Cierro los ojos a una oscuridad vencida, postrada ante esta claridad que apuñala sin piedad mis finos párpados.

Un vaivén constante que apenas puedo ya soportar. Un sonido (plop, plop, plop...) que invade mis pensamientos y no deja lugar para nada más. Mis labios resecos gritan pidiendo un agua que es lo único que tengo y que no les puedo dar. Un calor abrasador retuerce los bordes calcinados de una realidad cada vez más lejana. Casi no puedo moverme ya, cada leve cambio de posición es un suplicio. Navego a la deriva en un ataúd resquebrajado coronado por una vela desgarrada y flácida, como bandera que anunciara la peste, la muerte. Intento recordar algo o alguien que me permita escapar de esta cárcel de fuego, aunque sea por unos instantes. Un hogar, una voz, el tacto de una caricia, el sonido de una risa. No puedo, sus contornos difusos se me escapan, engullidos por esta claridad infernal. Sólo me queda esperar.

¿Dónde estoy? ¿Qué es ese ruido? Unas maderas empapadas balanceándose y sobre ellas unos miembros abrasados e inertes entre cabos y jirones de tela. Una insoportable certeza que se abre camino en mi mente. La realidad se impone, implacable, como un cuchillo al rojo vivo. No hay salida, estoy enterrado en un cementerio de luz, sepultado en las profundidades de este infierno azul. Si pudiera al menos levantarme y mirar a los ojos a este mar sádico que se divierte golpeando mi barca con su risa seca y monótona. Pero no, sólo puedo mirar a este sol insaciable que lentamente devora mis pupilas. Un mundo sin contornos, de un blanco aterrador. ¿Por qué no muero ya? ¿Qué es lo que esperan estos dioses ociosos y caprichosos? Quisiera poder reír, gritar o llorar, pero no puedo. Sólo soy un hilo de consciencia atrapado en este cuerpo reseco.

Un último pensamiento pugna por escapar de esta muerte cegadora que ya se ha cansado de esperar. Una imagen borrosa que apenas puedo retener, una fotografía descolorida, retorcida por este fuego cruel. Unos ojos familiares que me miran con ternura desde un mundo olvidado, perdido, lejano. Noto cómo una diminuta lágrima se desliza por mi mejilla antes de sumergirme, por fin, en la fría y acogedora oscuridad...