
—El amor romántico es un invento de los poderosos para evitar revoluciones; así tenemos algo inofensivo a lo que dedicar nuestros esfuerzos.
Mientras dices estas palabras, te inclinas sobre mí y dejas despreocupada tu copa de vino sobre mi mesilla. El líquido se mueve violentamente de un lado a otro, como si fuera parte de tu argumento, como si te apoyara totalmente convencido. Y yo me siento una vez más intimidado por tus grandes ojos oscuros, por tus labios fruncidos, por la expresión de seguridad de tu bello rostro. Pero sobre todo por ese vino rojo que no para de moverse.
—No me mires así querido, sabes bien que tengo razón. Espera un momento... ¿no me irás a decir que estás enamorado de mí? —y tu fuerte risa llena la pequeña habitación del motel.
¿Enamorado? No es que sea muy hábil con esto de las palabras, pero sí sé que cuando tú me llamas, yo acudo. Simplemente. Y es que ese cuerpo desnudo que está a menos de un centímetro del mío es como un templo al que peregrino siempre con la misma mezcla de devoción y temor. Incluso ahora, sudoroso y cansado, tiemblo al ver tus pechos moverse al compás de tu risa. Y todo el vello de mi cuerpo se eriza si me rozas siquiera un instante, como ahora al coger de nuevo tu copa.
—Eres adorable. Una auténtica especie en extinción. A veces me parece imposible que quede alguien como tú. Si no te conociera, creo que me moriría de aburrimiento.
Me lanzas una mirada provocativa y bebes un gran sorbo de tu copa. Sigues hablando, pero yo sólo puedo prestar atención a esa gota de vino que ha escapado de tus labios y cae suavemente por tu pequeña barbilla, coge velocidad al llegar al cuello y emprende una marcha dolorosamente lenta al tocar uno de tus firmes pechos para, tras una eternidad, acabar rozando delicadamente la aureola de tu pezón. Ardo de deseo mientras recorro con la vista el camino que ha dejado marcado esa pequeña gota en tu piel tan blanca.
—A veces me parece que no me escuchas. Serás malo... te gusta hacerme sufrir ¿eh? —y haces un mohín como si estuvieras ofendida—. Bueno, me tengo que ir ya cielo. Sabes que me gustaría quedarme toda la noche, pero tengo un marido al que le gusta demasiado hacer preguntas impertinentes.
Me das un rápido beso en los labios, te levantas de un salto y vas al baño. La copa queda, casi vacía, sobre la cama. Mientras cantas algo que no soy capaz de identificar, la copa cae y derrama el resto de su contenido sobre las sábanas. La mancha oscura se va haciendo poco a poco más grande y siento de repente mucho frío. Me preguntas algo desde el baño, pero no consigo entenderte. La copa vacía, la mancha granate y este frío. Sólo eso parece tener ahora mismo sentido.